La segunda ola del coronavirus desborda a Europa

La segunda ola del coronavirus desborda a Europa

Los expertos alertan: la epidemia en otoño puede ser peor que en primavera

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La segunda ola del coronavirus desborda a Europa
Cafés cerrados en Lille, al norte de Francia (Michel Spingler / AP)

  

Hasta ahora, la segunda ola del coronavirus en Europa había mostrado una cara mucho más amable que la primera, con infectados más jóvenes, menos hospitalizados y menos muertos, lo que invitaba a creer que lo peor había quedado atrás. Un espejismo. Los expertos advierten que las señales de alarma están ahí y auguran que el continente puede estar a las puertas de un otoño aún más difícil que la primavera pasada.

La diseminación geográfica es una de las características inquietantes de esta segunda ola, apunta Bruno Ciancio, que dirige el equipo dedicado a la Covid-19 del Centro Europeo de Control de Enfermedades (ECDC, por sus siglas en inglés). La transmisión del virus, si bien menos intensa, está más extendida. En marzo y abril, la Covid-19 golpeó de forma despiadada algunos países –inicialmente Italia España, a los que pronto siguieron el Reino UnidoFrancia Bélgica– mientras otros –AlemaniaPortugal o Europa del Este– lograban escapar a la debacle, en algunos casos porque el ejemplo de los primeros les permitió adoptar medidas drásticas antes de que el virus entrase en su territorio. “Lo que está pasando ahora puede ser más peligroso –advierte el doctor Cancio–. El nivel de transmisión es más bajo, pero está en todas partes”.

 
 
 

Muchos países europeos están registrando cifras de contagios superiores a los récords de la primavera, pero había un elemento tranquilizador: se debe, en parte, a que ha mejorado la detección. Si en marzo en una Italia o una España desbordadas solo se diagnosticaba a los enfermos que llegaban al hospital, ahora el sistema está cazando a pacientes con síntomas leves o incluso ninguno. Por eso el aumento de casos no iba acompañado de un aumento paralelo de la mortalidad.

Amenaza

La transmisión del virus es menos intensa pero está más extendida geográficamente

Esto está cambiando. En una mayoría de los países europeos, señala Cancio, crecen los contagios de la gente mayor de 65 años, la población más vulnerable a la Covid-19, lo cual está disparando ya la mortalidad y los ingresos en la uci. Acaba de empezar. “Aún no vemos un gran impacto, pero el aumento de casos es una señal de alarma que nos dice que deberíamos estar listos para una situación muy difícil en los siguientes semanas y meses”, dice el experto del ECDC, el organismo encargado de emitir recomendaciones a los estados miembro.

 

Inquietan los países que eludieron la primera ola y muchos de los cuales no han hecho los deberes para ampliar sus capacidades hospitalarias. “En invierno, cuando otras enfermedades respiratorias se van a sumar a la Covid-19, habrá un aumento importante de la demanda. Es motivo de preocupación a escala europea, sabemos que hay muchas zonas donde debería reforzarse la preparación”, explica Cancio.

Hay una ventaja poderosa de esta segunda ola respecto a la primera, señala Peter Klimek, investigador del Complexity Science HUB de Viena y miembro del equipo que asesora al Gobierno austriaco: “Conocemos mucho mejor la enfermedad. Por una parte, los tratamientos médicos se han perfeccionado y muchos pacientes pueden ser atendidos sin tener que ocupar camas de la uci. Por otra, disponemos de más tests, más fiables y rápidos, y estamos mejor capacitados para rastrear contactos. Son elementos esperanzadores de cara al otoño”.

Superpropagadores

Bastan dos o tres sucesos para que la transmisión se descontrole en un país

Klimel lamenta sin embargo que muchos países no hayan sabido aprovechar la tregua que ofreció el virus en verano. “Ha habido irresponsabilidad, se ha perdido un tiempo precioso que debería haberse invertido en aumentar la capacidad de detección y de rastreo”.

La lección fundamental que deja la primera ola es que hay que hacer lo posible para evitar caer en una transmisión generalizada del virus, ante lo cual los esfuerzos de rastreo se ven superados y la única opción es el confinamiento, con sus costes sociales, económicos e incluso sanitarios. Hay una ventana de oportunidad para evitarlo, pero el tiempo se acaba, dice Cancio. La recomendación actual del ECDC, que no todos los estados miembros siguen, es que se hagan tests a todos los contactos de un positivo, independientemente de que haya síntomas compatibles con la Covid-19. Cuando se detecta un foco de alta transmisión, hay que hacer pruebas a toda la población afectada. En hospitales y residencias, utilizar tests de forma sistemática para impedir la introducción del virus. “Con estos instrumentos, creemos que estamos en mejor posición para contener la pandemia que en la primavera, pero al mismo tiempo sabemos que si no hacemos esto no hay razón alguna para que el virus no provoque el mismo impacto o peor. Estamos en un punto crítico”, dice Cancio.

Otro elemento que complica la segunda ola es la fatiga de la ciudadanía, más reacia a acatar las normas. El cumplimiento social es un factor determinante de las estrategias de éxito para combatir la pandemia y está ligado a la llamada “comunicación de riesgos”, es decir, la capacidad de las autoridades de hacer entender a la población cuál es la situación. “Los gobiernos tienen dos opciones: limitar la libertad de las personas o conseguir que cambien su comportamiento. Los estudios muestran que la segunda es mucho más efectiva”, dice Klimek.

Irresponsabilidad

No todos han hecho los deberes para reforzar hospitales y capacidad de detección y rastreo

“Hay países que fueron muy estrictos con las restricciones y ahora ven crecer los contagios porque algunas son muy difíciles de mantener. Las autoridades deben buscar un conjunto de medidas que sean capaces de mantener en el tiempo”, señala Cancio. No todas valen para todo el mundo. Cada país tiene su propio patrón de infecciones, determinado por razones culturales, sociales y económicas, que los estados deben analizar a fondo para diseñar las medidas más óptimas.

Una comunicación de riesgos fallida, un Estados Unidos tan polarizado que ha convertido las cuestiones sanitarias en arma política, explica que la primera potencia mundial haya fracasado tan cruelmente ante la pandemia, dice Klimek. También las dificultades del acceso a la sanidad en EE.UU., que lidera en medicina puntera pero siempre ha ido a la cola del mundo desarrollado en atención primaria.

La experiencia ha resultado ser un elemento clave, que ha jugado en contra de las naciones occidentales. “Los países que han contenido mejor la pandemia son los que habían sufrido epidemias recientes y tenían las estructuras montadas para afrontarla”, dice Klimek. Mientras en Asia o África han pasado el SARS o el ébola, el plan de respuesta a una pandemia en Austria era un documento de 1950 que nadie se había molestado en actualizar en 70 años.

Fatiga ciudadana

Son más efectivas las medidas voluntarias y que puedan mantenerse en el tiempo

Todo apunta asimismo a que existen factores culturales: el apego de los occidentales –los europeos y aún más los estadounidenses– a la libertad personal ha provocado que el cumplimiento de las restricciones haya sido mucho más contestado que en Japón Corea, donde se antepone el bienestar general.

Con todo, los científicos todavía no pueden explicar del todo por qué algunos países están teniendo tantas dificultades mientras otros salen casi indemnes, admite Klimek, que señala que existe “un fuerte componente estocástico”, es decir, azaroso, en la transmisión del virus. Los llamados sucesos superpropagadores –un acto multitudinario durante el cual una persona contagia a un número desproporcionado de gente– se han probado determinantes. “Puedes tener dos ciudades con una composición social, un sistema político y una situación geográfica similar, que apliquen exactamente las mismas medidas de contención y, sin embargo, una de las dos acabe fatal y la otra se escape. Bastan dos o tres sucesos superpropagadores para marcar la diferencia”, subraya Klimek.