Turismo y culpa municipal

Andalucía ha sido el destino preferido en el puente con una ocupación hotelera de entre el 45% y el 55%

Poco a poco vuelven los turistas. Bienvenidos sean porque por desgracia nuestra economía y muchos puestos de trabajo dependen de ellos. Andalucía ha sido el destino preferido en el puente del Pilar con una ocupación hotelera prevista de entre el 45% y el 55% (en años anteriores fue del 97%). Me alegro. 

Aunque el turismo de masas sea una fuente de riqueza que tiene efectos devastadores. La tensión entre progreso, riqueza y bienestar, y los dañinos efectos que tienen los medios que los hacen posibles, es un problema desde la Revolución Industrial hasta hoy.

 

Sobre la contaminación medioambiental causada por las industrias todo se ha dicho.

En 1854 retrataba así Dickens la urbe industrial: “Era una ciudad de ladrillo rojo, es decir, de ladrillo que habría sido rojo si el humo y la ceniza se lo hubiesen consentido… De máquinas y altas chimeneas por las que salían interminables serpientes de humo… Pasaban por la ciudad un negro canal y un río de aguas teñidas de púrpura maloliente…”. 

166 años después, lejos de corregirlo, nos enfrentamos al cambio climático.

El turismo de masas produce otras formas de contaminación que generan, a la vez que riqueza, graves daños. En el documental El síndrome de Venecia (Andreas Pichler, 2012) se mostraba crudamente la destrucción de esa ciudad que en 50 años había pasado de 175.000 habitantes a 50.000 a la vez que recibía 22 millones de visitas anuales (que antes de la epidemia ascendieron a 30 millones). 

Es un caso extremo dadas las características de esta hermosa y frágil ciudad. Pero también es un aviso -que llega tarde- para ordenar esa degradada Venecia sevillana que va del barrio de Santa Cruz al Salvador y del Arenal a Santa María la Blanca.

Quiero dejar claro que ni los turistas -que tienen derecho a ir donde les dé la gana- ni los hosteleros y comerciantes que les sirven -que tienen derecho a ganarse la vida y crear puestos de trabajo- son culpables. 

Lo es el Ayuntamiento que desde hace años ha dado licencias de bares, restaurantes y veladores sin tener en cuenta la saturación que convirtió el centro monumental en un comedero abarrotado, desertizándolo de vecinos y comercios de proximidad.

Incluso alterando gravemente la fisonomía histórica consolidada desde hace casi un siglo de calles -caso actual de Mateos Gago- para que la marea turística las anegue del todo.

 “Desgraciaito de aquel que come el pan de mano ajena”, decía un cante.

LA CIUDAD Y LOS DÍAS

CARLOS COLÓN

ccolon@grupojoly.com

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“Al César lo que es del César”

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